jueves, 12 de noviembre de 2009

Cancerbero

(El infierno puede
convertirse en cielo)


Salí a la negrura de la noche
entre olivos solitarios y coches ambulantes,
el reloj de la pared.
marcaba las cuatro y cinco de la mañana.

No tenía quien me escuchara,
pero no me rendí e intenté hablar sola
y el frío congeló mis palabras.

Mis pensamientos brotaron como un torrente,
la luminosa farola tiritaba,
restos de alcohol y sexo cubrían el césped,
las papeleras rebosaban inmundicias,
un perro, tan noctámbulo como yo, se acercó,
su aspecto sarnoso no impidió
que mi mano acariciara su lomo,
apoyó su cansado cuerpo en el suelo,
sus ojillos lagañosos pedían cariños,
volví a acariciarlo y me pareció que sonreía,
por unos minutos tuve compañía.

La sensación de angustia había desaparecido,
volví sobre mis pasos.

Como si de un cancerbero se tratase,
el can me acompañó hasta la puerta,
¡vete! -le dije con pena- ¡vete!

Agachó su engreñada cabeza,
dió media vuelta y volvió con su tristeza.

Dispuesta a conciliar el sueño,
pensé que había soledades
más grandes que la mía.

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